La Cortina de Nopal de la Diplomacia


 

¡Derribemos esa cortina de nopal! – afirmó alguna vez, en 1958, José Luis Cuevas para denunciar las restricciones que impuso la tendencia surgida del nacionalismo a la creación artística – particularmente el muralismo mexicano, que se limitó a un contradictorio grupo que definió los cánones y directivas sin mayor frontera que no rebasar la identidad revolucionaria de un régimen. Las críticas fueron inmediatas. Sin embargo, marcó un rompimiento contra una corriente dominante y abrió el espectro de la creación hacia múltiples corrientes que pronto fueron ganando su lugar en el mundo.  De igual forma, otras expresiones artísticas, sociales y políticas fueron alejándose de aquel modelo de utopía heredada de la revolución; sin embargo, no todas lograron desvincularse del todo ya que formaron parte del mismo núcleo del sistema que las albergó, una de ellas la diplomacia mexicana, enclaustrada en ese otro “Bastión de Mármol” en Tlatelolco.

La diplomacia mexicana después de 1917 fue, en efecto, un reflejo de la situación política interna y de sus intereses, conforme a ellos se definieron gradualmente una serie de principios – condicionados por diversos factores. México no tardó pronto en delimitar una política exterior, propia aunque extremadamente defensiva de su orden interno. Estas características, considero obedecen a un desarrollo natural, a las decisiones lógicas de una clase política, y como una respuesta predecible al entorno, y evidentemente a la historia. Quienes tomaron las decisiones, lo hicieron considerando su momento histórico y no erraron; no obstante el desarrollo de la diplomacia mexicana – hoy en pleno siglo XXI – sigue rindiendo culto, de una manera muy conservadora, llegando hasta añorar, la certeza de que otorgaron los Principios Rectores de la Política Exterior Mexicana. Desde mi punto de vista, una posición francamente cómoda ante la irrupción del conflicto y el paradigma global, pero tanta certeza también denota la aversión al riesgo, y el riesgo en términos políticos fue una variable que por mucho tiempo se prefirió mantener despejada.

Las doctrinas – principios de derechos reactivos a cierta condición – fueron la respuesta en la defensa del interés nacional. Su aprendizaje como dogma se ha venido estudiando generación tras generación en el Instituto Matías Romero y en el debate ministerial, pocas veces existe la capacidad de autocrítica y reconocimiento del letargo que se vive – sólo se aplauden las viejas glorias, rancias de difuntos diplomáticos: no desde el año 2000 ya desde tiempo atrás, casi puedo decir que desde 1988, aunado a la primera crisis de la revolución institucional, en todo caso persiste la soberbia. Esta cortina de nopal ha permanecido cerrada durante más de veinte años, la misma estructura de la Cancillería es una muestra del estancamiento que vive la Diplomacia de México. Cuadros que, formados en prestigiosas academias, no logran concretar la experiencia adquirida ni definir un plan estratégico; un corps burocrático (el funcionariado) inmutable, irracional, no profesionalizado, y poco articulado, son de fondo los pesados telones que completan esta pesada barrera cactácea.

Es deber de próximas generaciones: funcionariado, miembros del cuerpo diplomático y cancilleres, transformar el concepto de Política Exterior Mexicana hacia una idea ad hoc. El primer paso – opino- radica en reestructurar a la Secretaría de Relaciones Exteriores, reordenar y actualizar su programa de formación diplomática, y adecuar sistemas de evaluación que permitan eliminar aquellos elementos que no contribuyan al perfeccionamiento de las relaciones internacionales de México.

Afirmo nuevamente: ¡Derribemos la cortina de nopal de la diplomacia mexicana!

 

 

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